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caníbal

La dependencia como vínculo

En el proceso de desarrollo cognitivo-social, los vínculos aparecen como un elemento indispensable en el sentido de la transmisión de información cultural. La  cultura integra, sostiene y promueve los aspectos que nos hacen personas, seres biológicos con capacidad mental.

Los aspectos representacionales y simbólicos  con los que convivimos naturalmente no son más que la expresión del largo proceso que nos hizo humanos. Desarrollamos procesos cognitivos que nos permiten ponernos en el lugar mental del otro. Es esa semejanza innata la que permite los procesos de identificación y evolución individual en un marco social.

La identificación tiene matriz afectiva, siempre. Es un paso necesario para el establecimiento de un vínculo potencialmente simétrico, aprender del otro y a través del otro, como tal, representa una primera etapa en la dinámica evolutiva afectiva, reconocerse uno a través del otro, en una continuidad que se inicia con el contacto y se perfecciona en los diferentes modos de comunicación que establecemos a lo largo de la evolución individual.

La identificación es en principio ambivalente, se manifiesta tanto desde una exteriorización afectiva como en el deseo de supresión, de ser el otro, de ocupar su lugar. Esta dualidad representa una primera etapa en la dinámica evolutiva afectiva: la identificación como apropiación, el sujeto incorpora al otro afectivamente en la fantasía de la sustitución. Es en la superación de esta fase cuando nos encontramos con un individuo personalizado.

El caníbal no supera esta fase evolutiva, puede comerse a sus enemigos porque los estima: la identificación conforma la propia individualidad tomando al otro como modelo, hasta sustituirlo por la destrucción, fagocitándolo.

El caníbal  solo come a quien ama.

Cuando estas estructuras relacionales permanecen a lo largo del  desarrollo individual,  asistimos a un retroceso evolutivo, los afectos operan como contenedores rígidos más que como extensión de la propia individualidad, establecemos relaciones en las que sin el otro no somos: el espacio entre uno y otro se reduce a una autofagia afectiva, una identificación parásita en una forma de pseudocanibalismo sostenido en un continuo de supresión de la propia vitalidad afectiva.

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