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VIOLENCIA Y AMBIGUEDAD

Golpear al observador desde la subjetividad de una imagen construida que resuena en el acervo de imágenes latentes de una sociedad orientada hoy hacia diversas formas de artificialidad, y que en una necesaria operación de desplazamiento sublima sus tendencias autodestructivas.

La distancia afectiva que propone la fotografía “sabrinita” sugiere un modo de manifestación de la violencia de carácter definitivo, una fantasía de destrucción de la subjetividad (femenina) encarnada en la conversión del cuerpo físico fragmentado en ausencia emocional, desde la seguridad y el control dados por la observación a distancia. En paralelo y como una fuerza de choque con esa distancia de seguridad, el título de la obra, diminutivo del nombre propio, interpela al universo afectivo del observador.

La violencia que opera sobre el cuerpo lo reduce a masa. En una operación de reducción visual, la construcción de la imagen desplaza la emoción hasta anularla a partir de una segmentación de la totalidad, de la integridad física.

El cuerpo dispuesto de manera simétrica, representa desde el Renacimiento las coordenadas de base sobre las que asumimos la normalidad, las referencias de la armonía y la razón cartesiana. Los diferentes niveles de ruptura de esa simetría que proponen las imágenes recorren un rango de representación de la condición femenina marcado por la subjetividad; desde la indeterminación afectiva proyectada en el cuerpo hasta las imágenes de alusión más directa a una posible violencia física externa, la actitud corporal como mecanismo de traducción, una probable deconstrucción de la normalidad física como el umbral de acceso a la realidad psíquica.

Entonces, el cuerpo y su deconstrucción forzada como significante disponible sin pretensión de objetividad, resemantisado en cada imagen y construyendo un amplio marco de subjetividad que se continúa en la indeterminación que el observador asume ante la obra.

Lo que ocurre en la obra es la subjetividad del observador.

Como signo de este tiempo, la violencia forma parte de nuestros procesos mentales, la normalidad se torna insostenible conforme los procesos de representación de ejercicio del poder avanzan sobre nuestras psiquis, la construcción de la verdad en términos de sociedad se ejecuta desde las imágenes y las palabras, no estamos cruzados hoy por la obviedad de la acción violenta sino por la acumulación de mensajes que saturan y ensordecen la integridad individual. Los niveles de estrés reconocibles hoy en cualquier individuo representan la imposibilidad de traducir esta sobrecarga.

Entonces, ¿es posible pensar la violencia como elemento intrínseco a la condición social, como una fuga de una estabilidad ficticia? Si la construcción gregaria de la armonía se sostiene en esta tensión psíquica individual, entonces esta indeterminación del estado físico, el cuerpo singular, uno, se enmarca en una relación compleja de causa y efecto de subjetividad recíproca.

¿Qué valor tiene una certeza en este contexto?

En su acepción más directa, la violencia implica destrucción de materia. Cuando los niveles de tensión interna son lo suficientemente altos como para cruzar nuestras barreras de seguridad algo se rompe, casi necesariamente. Cuando hablamos de psiquis, espacio infinito, esa tensión puede crecer sin límites, el cuerpo físico, la materia sometida a presión, no es más que la representación de esa tensión que supera los valores de ruptura.

La obviedad del cuerpo roto, asimétrico, es condición indispensable para una posible reflexión, exponer la “desnudez de la materia” (Aldo Pellegrini, “Fundamentos de una estética de la destrucción”) quizá nos hable de procesos de contingencia en la búsqueda de una estética que responda a los signos de este tiempo. Las rupturas son, por definición, expansivas.

La violencia, o el campo de lo violento como punto de partida en cuánto manifestación contemporánea personal es entonces un espacio multidimensional de valores ético-estéticos en desplazamiento, de juicio individual, y en cuyo juego de indeterminaciones convierte a cada parte interesada en sujeto de la obra.

La emergencia de la propia subjetividad como consecuencia de la imposibilidad de concluir un juicio. Ante la violencia, o su representación (aparentemente, con eso alcanza) la razón se expone en toda su fragilidad.

 

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